HISTORIA PERSONAL:

Resultados negativos, decepciones, embarazos que no van como lo habíamos esperado…sea cual sea la situación, y aunque parezca muy difícil abrirse a los demás, hablar alivia, ayuda y libera.

A veces el mayor apoyo vendrá de un ser querido, un familiar o una amiga – pero a menudo vendrá inesperadamente de una persona totalmente exterior a tu círculo íntimo, una persona quien sabrá entenderte y hablarte por haber vivido lo mismo…

A continuación, descubrirás la historia de Sara – o como seguir adelante y luchando después de un embarazo ectópico.

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Hace unos meses, mi novio y yo decidimos lanzarnos en la gran aventura de la paternidad. Convencidos de que todo iría bien, habíamos esperado a que el timing fuera el perfecto. Pero mi intuición estaba equivocada, y no funcionó enseguida.

Al segundo ciclo, estaba convencida de que tenía un problema de fertilidad. Al tercer ciclo, no podía dejar de mirar a las mujeres embarazadas con lágrimas en los ojos. Lo habréis entendido: además de angustiada, soy una “control freak” (fanática del control), y el hecho de no poder programar mi propio embarazo fue muy desconcertante para mí.

Unos meses más tarde, volvemos de vacaciones morenos, enamorados, felices… ¡y embarazados!


Además de angustiada, soy una “control freak”, y el hecho de no poder programar mi propio embarazo fue muy desconcertante para mí.


Parecía todo perfecto: me había preocupado por nada, y había ocurrido lo que todo el mundo me había dicho que ocurriría – “vete de vacaciones, relájate, deja de pensar en ello y llegará solo” (¿dejar de pensar en ello? ¡Vaya broma!). Además, no podía soñar con mejor timing: el bebé iba a nacer justo a tiempo para entrar en la guardería. Ya os he dicho que soy una “control freak”.

Sin embargo, al día siguiente mi cuerpo me envía señales que comento con mi médico. Un análisis hormonal nos desvela que el embarazo no está evolucionando como debería. Después de un fin de semana pasado a llorar, cae la noticia: he perdido al bebé. Estoy triste, pero resignada.

Como siempre, la gente opina: “Pasa a menudo”, “Mira el lado positivo: la buena noticia es que te quedas embarazada fácilmente”, “Dentro de 3 meses te quedas otra vez”. Todo esto me tranquiliza: lo mío es un “non evento” medical. El embarazo se interrumpió tan pronto que solo existió para mí. Estoy hecha polvo, pero el carácter frecuente de los abortos naturales sumado a mi propia racionalidad me ayuda a aceptar la situación.

Sólo que 48 horas más tarde, me llaman otra vez del hospital: mis niveles hormonales no bajan como deberían. Piensan en un embarazo ectópico, lo cual puede ser muy peligroso. Vuelta a urgencias, entro en manos de varios médicos. No se ve nada en la ecografía, quizás algún puntito, pero nada seguro. Me hablan de operación, de tratamientos, me piden mi opinión… Unas horas más tarde me inyectan “Methotrexate”. Cuando pregunto qué tipo de medicación es, me contestan “oh nada, es como una mini quimioterapia”.

¡Ah, ok! Intento digerir esta frase, junto con otras que sigo escuchando:

Desde un interno que me cruzo en un pasillo llorando, y quien me dice sin saber nada de mi situación: “Ostras, un embarazo ectópico… Bueno, no te preocupes, la otra trompa sí que sigue funcionando” (¿ah? y esto, ¿qué significa? ¿que la primera trompa ya no funciona? A mí no me dijeron nada de esto…)…

… a un médico, a quien pregunto si puedo volver a casa y quien me contesta: Señora, no os podemos dejar salir de aquí con una bomba dentro del cuerpo.”

Se supone que la inyección no es casi nada: en realidad nunca me he sentido tan mal en mi vida. Se supone que voy a sangrar un poquito: me despierto ensangrentada tres días más tarde. Pero más allá de los síntomas físicos, lo que más siento es una inmensa soledad: soy la gran perdedora de la reproducción, excluida para siempre del “club ancestral” de las mujeres capaces de dar la vida.


Más allá de los síntomas físicos, lo que más siento es una inmensa soledad. Soy la gran perdedora de la reproducción, excluida para siempre del “club ancestral” de las mujeres capaces de dar la vida.


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Debo mi salud mental a mis amigas quien supieron apoyarme, y sobre todo a la madre de mi mejor amigo, quien me invitó a un café para contarme su propia historia. Ella también había sufrido un embarazo ectópico. Eran los años 80, donde casi muere en el proceso y acabó con una trompa menos. Sin embargo, luego dio a luz a tres niños sanísimos. Entendió todas mis angustias, todos mis miedos: ¿Y si tengo un problema medical de verdad? ¿Y si vuelve a pasar? ¿Y si nunca consigo tener hijos ? ¿Y si…? ¿Y si…? ¿Y si…?

Me tranquilizó, hablándome de sus propias angustias y de sus propios miedos. Y me dio tantos pañuelos como necesitaba para aliviar mi dolor. Salí de su casa sintiéndome comprendida, acompañada. Volví a sonreír, la vida podía volver a empezar.


Ella también había tenido un embarazo ectópico. Entendió todas mis angustias y me tranquilizó hablándome de las suyas. Me dio tantos pañuelos como necesitaba para aliviar mi dolor. Salí de su casa sintiéndome comprendida.


Ahora, 4 meses después, estoy embarazada de nuevo. Los primeros días fueron muy angustiantes, el fantasma del fracaso amenazaba. Análisis tras análisis, empecé a pensar que quizás esta vez era la buena.

Otra vez, debo mi salud mental al hecho de poder hablar: hablé de mis angustias con mis amigas, con mi fantástico novio, con los médicos. Estos últimos controlaron mi nivel de hormonas de muy cerca, hasta asegurarse que la situación no se había repetido. Mi novio supo aceptar que necesito tiempo, que de momento no puedo proyectarme (en breve podremos saltar de alegría, o esto espero). Mis amigas supieron entender mi reserva, aunque consiguen decirme de vez en cuando, cuando surge la ocasión, que “qué chula va a ser esta nueva aventura”.

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Hace una semana tuvimos la primera ecografía. Parece que está todo en su sitio. De hecho, el médico que me hizo la ecografía no podía creer que tuviera un embarazo ectópico: ella piensa que fue un embarazo no evolutivo y que que no supieron diagnosticarlo bien. Tengo que aceptar el hecho que nunca voy a saberlo por seguro: lo acepto.

Pensaba que me iba a sentir desbordada por la angustia y por lo miedos, pero estoy sorprendentemente bien. Avanzo paso a paso, etapa por etapa hasta la famosa ecografía de las 12 semanas en que podremos descartar la probabilidad de aborto. Intento no proyectarme – y no culpabilizar por esto. Y de vez en cuando, me permito por un segundo el lujo de pensar en nombres, o de imaginar lo que será mi vida, quizás, en unos meses.

Ahora que lo pienso, en realidad es a mí misma que debo mi salud mental: porque supe abrirme a los demás, porque hablé de lo que me estaba pasando, y porque pude obtener así el apoyo que necesitaba. Sueño en el día en que presentaré mi bebé a la madre de mi mejor amigo, porque sé que ella entenderá perfectamente todo lo que he sentido.


LA VERGÜENZA, LA CULPABILIDAD Y EL TABÚ ALREDEDOR DE ESTOS PROBLEMAS ESTÁN TOTALMENTE INJUSTIFICADOS Y NOS HACEN DAÑO.

HABLAR ALIVIA, AYUDA Y LIBERA.


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